El fantasma de la Galia

 


EL FANTASMA DE LA GALIA


Escrito por Escorpio Salchi-Trufa (David Rodríguez García).





Érase una vez un animal muy extraño que vivía en la Galia. Aún no se había escrito nada sobre él porque muy pocas personas lo habían podido ver. Era un animal muy miedoso, y al más mínimo ruido se ocultaba entre las ramas y las hojas secas. Tan desconocido era que no se conocía a ciencia cierta su existencia, por lo que era lo que llamaban un críptido. Aún así, era famoso por toda la zona, y los ancianos de los pueblos a veces contaban historias y leyendas sobre él. Lo llamaban “el fantasma de la Galia”.

En efecto, existía. Y tenía ciertas características que lo hacían de lo más extraño, como por ejemplo que podía segregar veneno por los ojos cuando se sentía amenazado y dispararlo con tanta fuerza que podría atravesar la piel de un mamífero; o que a sus huevos les salían alas y se iban volando a zonas medianamente lejanas, para expandir la especie; o que con sus pequeñas patitas podía dar brincos tan grandes que era capaz de saltar del suelo a la copa de los árboles más altos de una vez. Pero lo más increíble era que, con su aspecto parecido al de un insecto palo, si se enrollaba y se tumbaba tenía la apariencia perfecta de una diminuta flor blanca.

El gran problema que tenía este minúsculo animalito era que ¡era el último que quedaba de su especie! Así es, por unos motivos o por otros, sobre todo por cómo el clima cambiaba por las acciones del ser humano, todos los miembros de su especie habían acabado falleciendo, excepto él. Era el único fantasma de la Galia que sobrevivía.

Y él lo sabía. No sabía cómo, pero era consciente de la situación en la que se encontraba. Por eso un día encontró algo que le hizo muy feliz.

En una fría mañana de invierno, encontró una hermosa flor blanca. Se erguía frente a él, triplicando su tamaño, bajo un robusto nogal. El árbol parecía haberle proporcionado calor y los nutrientes necesarios para sobrevivir. Bajo su cobijo, la flor superaba el invierno con pocos problemas. El fantasma no lo pudo evitar, y cayó rendido ante sus encantos. Se enamoró de ella.

Intentó llamar su atención sacando a relucir su propia forma de flor. Probó distintas posturas, para darle diferentes apariencias. En una parecía que la flor se abría y cerraba; en otra hacía vibrar los pétalos; en otra, bailaba en círculos con alegría.

El viento sopló y movió la gran flor blanca hacia un lado, dándole la espalda al insecto.

Decaído, sintió que su corazón se marchitaba un poquito. Sabiendo que había fracasado, se dio la vuelta y volvió por donde había venido. Se marchó de la presencia del nogal a paso débil. La flor lo observó, totalmente quieta.

Sin embargo, algo le dio una idea al fantasma. Cuando el viento había soplado, al contacto con la flor se había producido un pequeño sonido. Tan pequeño que solo alguien igual de pequeño lo habría notado. Volvió corriendo hacia su enamorada.

La bella flor seguía donde estaba, sin haberse movido. El insecto pensó que tal vez le estuviera esperando. Se puso en su forma de flor, y torció dos pétalos para un lado, apuntando para abajo. Se plantó delante de su amada, y esperó. Esperó y esperó. Al momento justo. Se hizo de rogar. Unas horas transcurrieron. Cercano ya el medio día, cuando ya se estaba incomodando, ocurrió. El viento comenzó a soplar con fuerza. Se tuvo que agarrar a la tierra para no salir volando. El viento se calmó en una brisa, y con ella pasando entre la forma de los pétalos del fantasma se empezó a escuchar cierto silbido. Muy pequeño, casi inapreciable, pero hermoso igualmente.

La flor escuchaba atentamente, sin moverse. Contemplaba al chiquitín y disfrutaba de su preciosa música. Los pétalos del fantasma se movían de tal manera que parecía estar hablando.

Cuando la brisa se detuvo, el insecto volvió a la normalidad y miró a la flor, blanca como las espléndidas nubes. Transcurrieron unos segundos en los que no pasó nada. Entonces, una brisa veloz como el rayo volvió al lugar. Hizo que la magnífica flor meciera su cabeza hacia delante, como si asintiera. El insecto lo entendió como una señal, y de tan entusiasmado que estaba saltó hacia ella y se metió dentro. La abrazó con pasión y olió su perfecta fragancia.

Varios meses más tarde, la flor se abrió ligeramente y de su interior salieron volando una docena de huevos, en dirección al amarillo horizonte.

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